Si habéis visto las noticias esto no os pillará de nuevas, el bueno de Evo Morales, presidente de Bolivia y amigo de Hugo Chavez (dime con quien andas y te diré quien eres…) dio una muestra de lo que es ser deportivo en un partido entre su partido político y el de la oposición (si, se mascaba la tragedia desde antes de empezar el partido), en un lance del partido Evo Morales recibió una entrada (ni dura ni blanda, simplemente una entrada como otra cualquiera) de un rival, el arbitro pitó falta, y Evo Morales, no contento con eso se dirigió al jugador y le propino un rodillazo en los mismísimos cascabeles reales (Aka: testículos), mientras los jugadores y el propio arbitro se carcomían pensando en si tendrían cojones de criticar o sancionar la conducta de su presidente, la respuesta es que no, el arbitro expulsa al agredido (por dejarse pegar supongo) y aquí no ha pasado nada.
Pensad en ello un momento, ya es vergonzoso que un profesional de este deporte realice tan despreciable acción (aquí tenemos el antecedente de Pepe), estamos hablando de golpear al contrario sin balón de por medio solo para inflingirle dolor, algo mas propio de una rabieta entre adolescentes que de un partido entre políticos, pero si tenemos en cuenta que el agresor es el presidente de una nación, y por tanto su representante ante les ojos del mundo, solo podemos avergonzarnos de su actitud, claramente influenciada por su posición y por su actitud de superioridad, el es el Presidente y nadie puede tocarle, eso parece decir Evo y lo confirma el arbitro expulsando al agredido, lejos de pedir disculpas por tan desafortunada acción, Evo Morales dijo ser victima de una trampa orquestada por sus rivales para hacerle perder los estribos y dejarle mal ante el mundo, patético, sobretodo cuando Evo Morales llevaba 2 minutos exactos en el campo cuando sucedió la acción, muy rápido se le hace enfadar si la primera vez que recibe una falta ya se dedica a capar a los rivales, los presidentes, mas que nadie deberían saber llevar un porte formal y educado, y no dejarse llevar por algo tan infantil como una rabieta.